El olfato: la llave espiritual del vino
El vino es tan generoso que, cuando intentamos interpretarlo, nos convierte en artistas. Nos obliga a detenernos, a mirar con otros ojos, a oler con otra conciencia. Y ahí encaja con una precisión luminosa la frase de Alejandro Dumas: “La comida es la parte material de la alimentación, pero el vino es la parte espiritual de nuestro alimento.” Porque el vino no solo acompaña: eleva. Nos invita a entrar en un territorio donde la materia se vuelve emoción, donde cada aroma es una historia y cada sorbo una forma de introspección. Por eso es tan mágico y tan especial hacer conciencia de la importancia del olfato: es el sentido que nos conecta con esa dimensión espiritual del vino, el que nos permite descifrar su lenguaje secreto. Y lo mejor: podemos entrenarlo fácilmente.
Hoy contamos con una herramienta puntera que permite a cualquiera descubrir, por sí mismo, cuántas maravillas se revelan en un simple olfateo a una copa de vino. Basta una pausa, un gesto atento, un instante de silencio para que el vino nos hable y nos convierta —como decía Dumas— en intérpretes de su espíritu.
Un día más, en esta columna queremos invitarlos a este descubrimiento: aprender a conocer el vino desde su verdad aromática. Solo así podremos apreciarlo mejor y valorar todo lo que encierra una botella. Porque, aunque es cierto que detrás de un vino existen historias, un paisaje, una familia, un país y una forma de elaborar, para comprender todo esto es imprescindible desvelar su perfume: ese que le otorga el terroir, ese que aporta la variedad de uva y que, junto a la intervención humana, se convierte en un aroma único capaz de transportarnos a su origen.
Por eso insistimos en la alfabetización aromática. Todos somos capaces de reconocer aromas si entrenamos nuestro olfato. Y también insistimos por otra razón esencial: si pagamos 500 dólares, 1000, 30 o incluso 2 dólares por un vino, descubrir la diferencia entre ellos —descifrar sus dimensiones aromáticas— nos llevará a una mejor comprensión y apreciación de lo que estamos degustando. Porque ¿qué sentido tiene gastar 1000 dólares en una botella si no distinguimos su diferencia con una de 500, 50 o 2 dólares? El olfato es la llave que nos permitirá descubrir esas diferencias y, tal vez, darnos un mejor homenaje sin arruinar el bolsillo.
Muchos vinos cuestan más no por su calidad, sino por cuestiones de marketing, marca o producción. El olfato, en cambio, nos revela la verdad: la profundidad, la identidad y el origen que cada vino guarda en su perfume.
Incluso muchos profesionales del vino, en catas a ciegas, no sabrían distinguir cuál es cuál. A ciegas triunfa la democracia: cuando no sabemos la marca, nuestra apreciación cambia drásticamente. Y en ese territorio incierto, tener una buena nariz se convierte en una ventaja decisiva para desvelar los aromas que pueden definir la calidad real del vino.
Con una buena alfabetización olfativa podemos aprender a distinguir qué moléculas caracterizan cada variedad y qué aromas desprenden. Es un ejercicio que todos podemos practicar en casa con WineSom, y que poco a poco nos dará el expertise para reconocer patrones aromáticos con naturalidad.
Imagina este momento: estás oliendo un vino tinto y, de pronto, percibes lima, flor de loto y eucalipto al mismo tiempo. Solo con eso ya puedes intuir que se trata de un Merlot. Esa apreciación no es magia ni intuición vaga: es el resultado de identificar la molécula que define aromáticamente a esta variedad, el terpineol, responsable de ese perfume profundo y floral que la distingue. Esto se puede aprender con entrenamiento.
Cuando entrenamos el olfato, el vino deja de ser un misterio y se convierte en un lenguaje que podemos leer. Y todos somos capaces de leer ese lenguaje.
Por eso, anímense a entrenar la nariz. Empiecen por lo más sencillo: oler con conciencia. Cuando estén guisando en la cocina, deténganse un segundo y reconozcan los aromas que nacen del calor. Cuando pasen por una floristería, respiren hondo. Cuando compren fruta, acerquen la nariz. Olor a especias, a hierbas, a corteza, a tierra húmeda… todo eso es entrenamiento. Oler con conciencia es el primer paso.
Luego, compren una botella de vino —no importa el precio— y limpien la mente. Ábranla al descubrimiento. Con esa copa en la mano, intenten desentrañar el lenguaje del vino, porque en ese lenguaje viene su historia: dónde fue cultivada la uva, cómo se cultivó, qué paisaje la rodeó.
Después, hagan el proceso inverso al habitual: vayan a internet o lean la etiqueta. Miren de qué variedad es, de qué país, de qué región. Comparen lo que olieron con lo que descubren. Así, poco a poco, irán construyendo sus propias experiencias alrededor de una copa de vino, experiencias que no dependen de marcas, precios ni reputaciones, sino de su propia sensibilidad.
La alfabetización aromática empieza en casa, con la vida cotidiana, y se afina con cada copa que se huele con intención.
Y antes de despedirnos, queremos dejarles este Merlot de Finca Pago La Jaraba (España), que ilustra a la perfección nuestro ejemplo: una variedad cuya identidad aromática —sus notas, sus matices, sus moléculas— se revela con claridad cuando entrenamos la nariz y aprendemos a escuchar su perfume.
Hasta la próxima copa.
Hosanna Peña · Ricardo de Arrúe — creadores del método WineSOM y la
experiencia El Perfume del Vino.



